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25/04/2008
Texto: Rafael Hernández
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En la España de Quevedo, en el Siglo de Oro, era común que la gente orinara en las esquinas, en los portales, en los zaguanes, o en las mismas puertas de las casas.
Para evitar estas evacuaciones, algunos vecinos ponían en las puertas y paredes especialmente críticas o atractivas, una cruz o alguna hornacina con un santo.
Por lo visto, Quevedo tenía la costumbre de utilizar comúnmente un determinado portal como urinario. Un día se encontró en el una cruz y a pesar de todo, siguió cumpliendo con su costumbre, por otra parte tan natural. En su siguiente visita, junto a la cruz había un cartel con el texto:
“Donde se ponen cruces no se mea”.
Quevedo, que en este caso tenía claro que la gallina había sido antes que el huevo, escribió debajo:
“Donde se mea no se ponen cruces”.
Han pasado varios siglos y ahora las costumbres son otras, ya no se precisa poner como reclamo reliquia alguna impugnando el feo acto. La gente ya no se mea en los portales, exceptuando algún borracho o el típico gamberro, son otros tiempos, otra cultura diferente y una sociedad distinta
Actualmente te arrancan del cuello a punta de navaja el crucifijo o medalla, y no te da tiempo de ir a miccionar a la esquina, ya que pasas tanto miedo que te meas encima.
Rafael Hernández
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